La Eurozona en los términos actuales: ¿condenada al fracaso?

La Eurozona en los términos actuales: ¿condenada al fracaso?

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Por Juan I. Fernandez

La introducción del Euro como moneda oficial de la UE en 1999 ha sido eje de múltiples controversias. Uno de los casos más llamativos se dio en torno a la polémica por el no ingreso de Gran Bretaña al régimen monetario. A fines de los 90s, las islas británicas fueron blanco de múltiples críticas por parte de numerosos especialistas por haberse mantenido al margen del nuevo orden europeo, aduciendo que la entrada sería por demás beneficiosa, otorgando menores costos de transacción entre las naciones europeas, mayor volumen de turismo y una virtuosa solidez a la moneda como reserva de valor a nivel mundial.  Fue en ese marco, cuando dicha acción fue incluso interpretada como una señal de traición del Reino Unido para con el resto del continente, adoptando un típico comportamiento falaz que se conoce técnicamente como bandwagon-fallacy.

Hoy, unos casi 17 años más tarde, en términos generales ha quedado demostrado que los policy-makers ingleses del momento (liderados por Tony Blair) habrían hecho una mejor interpretación de las posibles implicancias de la conformación de la unión monetaria que el resto de la UE.

¿Por qué Tony Blair y Cia. habrían acertado en ese entonces?

Al margen de los requerimientos iniciales para el ingreso (orden fiscal y un determinado ratio Deuda/PIB), la unión monetaria implica la obvia pérdida de soberanía monetaria-cambiaria, con todo lo que ello implica.

En principio, el gobierno británico manifestó su falta de deseo de abdicar el control sobre los tipos de interés, el tipo de cambio nominal y la posibilidad de ejecutar políticas de tipo QE en forma autónoma, a fin de mantener activos ciertos instrumentos de política económica.

Más allá de ello, el core de la cuestión está dado por la extrema heterogeneidad entre los diferentes estados que conforman la unión, al tiempo que existe una escasa movilidad de factores.

Para que se comprenda mejor: la UE es una unión monetaria, donde coexisten estados altamente disímiles, tanto en términos de productividad como a nivel cultural. Por ejemplo, si bien la UE ha aconsejado a sus ciudadanos a ser bilingües, lo cierto es que coexisten 24 lenguas en 28 estados, constituyendo una importante barrera cultural que atenta contra la movilidad de factores, en especial, de la mano de obra. Esto cobra vital importancia al tener en cuenta que existen grandes contrastes en lo que respecta a las tasas de desempleo: en Alemania, la tasa de desocupación actual es del 4,7%, mientras que en España es del 22,2%; de hecho, el spread más grande se da entre Grecia y Alemania: el mismo alcanza los 20,5 puntos porcentuales. En condiciones normales, la movilidad de factores mitigaría los diferenciales de empleo, dado que la mano de obra migraría desde los países con alto desempleo hacia los que registran las tasas más bajas, armonizando el desempleo entre países. De hecho, esto es lo que ocurre en Estados Unidos. La nación norteamericana, que si bien está conformada por Estados independientes, cuenta con barreras migratorias relativamente poco significativas en la comparación con la UE.

state unemployment rate

Es por ello que el spread laboral máximo alcanza sólo 6,5 puntos porcentuales (entre los estados de North Dakota y Rhode Island), frente a los 20,5 p.p. de la UE.

De más está aclarar que las barreras no son sólo de carácter lingüístico: sin entrar en especificaciones, resulta evidente que la cohesión entre los estados norteamericanos y facilidad para moverse de un estado a otro es infinitamente superior a la de los estados europeos, promoviendo una mayor movilidad de factores.

Dadas estas barreras que tienen un componente altamente estructural, difícilmente modificable en el corto plazo, entonces los diferenciales de productividad y stock de capital cobran extrema relevancia.

fffDado que el comercio de bienes y servicios intra-Eurozona es fluido, pero la movilidad de mano de obra no lo es tanto, las naciones con mayor productividad relativa van a tender a ganar mercados a los estados más débiles explotando sus ventajas comparativas, manteniendo tasas de desempleo muy por debajo de las de los “estados perdedores”. Es por ello que, por ejemplo, Alemania ha crecido a buen ritmo, multiplicando el volumen comerciado a nivel Eurozona, pudiendo mantener su tasa de desempleo en niveles bajos, mientras naciones como Grecia o España han sufrido tasas de paro cuasi-crónicas superiores al 20% luego de la crisis. Dicho fenómeno ocurre porque gran parte de la mano de obra queda atrapada en países de baja productividad, no pudiendo moverse hacia los centros donde la demanda laboral es más alta. En el caso de USA, si efectivamente hubiese un diferencial de desempleo tan alto como en la Eurozona, veríamos a las migraciones internas operar vigorosamente, disminuyendo el spread entre los distintos estados.

En el gráfico se confirma la intuición: el problema europeo radica en los diferenciales de productividad y stock de capital en un entorno de libre comercio y unión monetaria. Los países más productivos (Grupo azul en el gráfico) no presentaron mayores dificultades para crecer luego de la crisis, por lo que resulta evidente la alta correlación: a mayor productividad, mayor crecimiento. A su vez, también resulta evidente que, a mayor stock de capital por empleado, mayor productividad.

En este sentido, es menester remarcar que el elevado stock de capital por trabajador de España e Italia estaría vinculado a la burbuja inmobiliaria, por lo que dicho stock de capital no tendría la calidad del alemán, que tendría un sesgo mayor hacia maquinaria y equipos de tecnología y no tanto de construcción.

En una situación “normal” entre países, el déficit comercial crónico se traduciría en presiones hacia la depreciación del tipo de cambio, compensando esos diferenciales de productividad con una baja en los costos laborales (David Ricardo). O sea, la menor entrada de divisas por las menores ventas por la menor productividad provocarían una depreciación del tipo de cambio tal, que se reestablecería un nuevo equilibrio comercial con menores salarios medidos en dólares. Pero de nuevo, este mecanismo tampoco opera, dado que la unión monetaria no permite la libre flotación del tipo de cambio a nivel país, tal como Tony Blair y su equipo advirtieron oportunamente a fines de los 90s.

De este modo tenemos:

  • Importantes e incluso insalvables diferenciales (al menos en el mediano plazo), tanto de productividad como de stock de capital por empleado
  • Baja movilidad de factores (no permitiendo que los individuos se muevan desde regiones con alto desempleo a zonas con mayor demanda laboral. Ejemplo entre Grecia y Alemania).
  • Inhibición del mecanismo natural hacia la depreciación del tipo de cambio para reestablecer niveles de actividad y de saldo comercial de equilibrio

Por ende, el equilibrio resultante es uno caracterizado por altas disparidades. O sea, el estado actual de la Eurozona es su real equilibrio, por lo que lo lógico es esperar la situación griega siga empeorando, e incluso otras naciones en zona de vulnerabilidad (como Portugal) puedan ingresar en una zona de criticidad tal que necesiten fuertes transferencias directas de liquidez para poder continuar operando.

Por ello, la Unión Europea planteada en estos términos, estaría condenada a verse afectada por recurrentes episodios de crisis como consecuencia del errado diseño económico-institucional.