Los 42K de la dolarización

El pasado 16 de septiembre se cumplieron 23 años del mayor ataque especulativo de la historia contra una moneda. El principal artífice de semejante episodio fue el inversor húngaro George Soros, quien a partir de dicho evento se ganó el inapelable mote de ‘el hombre que hizo saltar al Bank of England’.

Por aquel entonces las divisas de los países miembros de la Comunidad Económica Europea (CEE) estaban unidas por un tipo de cambio semifijo. En el caso del Reino Unido, su libra esterlina podía fluctuar hasta un 6% alrededor del marco alemán. Soros veía que tal paridad era difícil de sostener y actuó. A través de su hedge found se endeudó por unos 15.000 millones de libras, luego de lo cual convocó a los medios de comunicación y anunció su convencimiento de que la moneda inglesa estaba sobrevaluada y caería en el corto plazo. Entonces vendió masivamente sus libras para hacerse de marcos, enviando una señal contundente al mercado. Esto hizo que el resto de los inversores se dejara llevar por el pánico y también se desprendiera de sus tenencias en libras. El Banco de Inglaterra resistió todo lo que pudo a la embestida, pero finalmente tuvo que darse por vencido y dejar flotar libremente su moneda, la cual se devaluó un 15% respecto al marco alemán.

Luego de la corrida cambiaria y con la libra por el piso Soros utilizó sus marcos para volver a comprar las libras que debía, pero claro, por una fracción de su valor inicial. Había vencido al Banco de Inglaterra, dejando una regla de oro para todo inversionista: “encuentra una tendencia cuya premisa sea falsa y apuesta todo tu dinero contra ella”.

En la historia del capitalismo abundan los episodios de corridas cambiarias. Cuando en el mercado se instala el temor a que una paridad cambiaria no pueda sostenerse, comienzan los retiros de depósitos en moneda local para convertirlos a una divisa dura. Según cómo se perciba la capacidad del banco central en cuestión para responder a tal evento, el temor puede llegar a convertirse en pánico. Y si ese es el caso habrá comenzado la corrida; el grueso de los depositantes intentará retirar con urgencia sus depósitos en moneda local antes de que ocurra la devaluación que el mercado pronosticaba y sus ahorros pierdan valor. Es lo que sucedió en Reino Unido en 1992, en Argentina en 2001, y en tantos otros lugares y momentos.

Pero estos procesos no siempre son tan vertiginosos. En 2012 un reportero del Financial Times definió lo que venía sucediendo en Grecia como un ‘trote cambiario’. El retiro gradual de depósitos de los bancos griegos resultaba llamativamente lento considerando al miedo latente a que la economía helena abandonara el euro de un momento a otro. Por eso lo esperable era un retiro de depósitos mucho más acelerado que sólo aquel 30% verificado entre 2009 y 2012.

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La situación Argentina desde la instauración del cepo en octubre de 2011 tiene algunas características en común con estos eventos. Desde ese episodio hasta la actualidad, los precios acumulan una suba del 167%, y en el mismo período el dólar oficial se devaluó un 122%. En simultáneo se desplomaron los precios de los commodities que produce Argentina, cayeron las reservas del Banco Central y se empezó a sentir el menor crecimiento (hoy recesión) de Brasil. Así fue como se resintió fuerte la balanza comercial, que de un superavit (bien medido) de USD 8.200 millones en 2011 pasó a un déficit de USD 1.250 millones en los primeros ocho meses de este 2015. Además los intentos del gobierno por contener la salida de divisas (virtual prohibición de giro de dividendos, restricción a importaciones, racionamiento de divisas para turismo y ahorro), afectaron negativamente el ingreso de dólares (menor inversión extranjera, mercado paralelo de divisas). Todo esto configura un cuadro preocupante: las reservas internacionales no crecen, hay obstáculos para hacerse de dólares por cualquier vía legal, y el atraso cambiario es tangible. Devaluación del 1% mensual con una inflación del 1,5% parece, diría Soros, una tendencia difícil de sostener.

A pesar de esto no presenciamos una corrida bancaria. No hay una carrera desesperada entre los inversores por hacerse de dólares a cualquier costo. Tampoco hay filas interminables en los bancos. ¿Por qué? Simplemente porque esto no se parece a un sprint alocado de 100 metros, sino a una maratón de 42K en la que se corre con una estrategia. La corrección del tipo de cambio se siente hoy tanto o más cercana que la dracmatización griega en 2009/2012, y por eso vemos un ánimo claro de los inversores de dolarizarse, de cruzar la meta, pero dosificando esfuerzos. En el camino hay aún alternativas atractivas de inversión en pesos para el público (plazo fijo + dólar ahorro + puré), por eso al igual que los atletas que bajan el ritmo para hidratarse, los inversores saben que no deben correr a máxima velocidad detrás de cualquier activo dolarizado. Sin embargo las épocas de conseguir dólares a $ 9,50 más un anticipo reembolsable de ganancias o bienes personales parecen estar llegando a su fin. La maratón cambiaria ha comenzado. Los 42K de la dolarización ya están en marcha, y tal vez estemos llegando a ese momento de la carrera en el que los más entrenados deben acelerar y desprenderse del malón. Sólo así se van a asegurar de llegar a la meta mientras haya premio, es decir, dólares baratos.