¿Década perdida 2.0?

¿Década perdida 2.0?


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Por Juan Ignacio Fernández

Contexto actual: una agenda signada por la dominancia política

La necesidad política de obtener un buen resultado en las legislativas de 2017 “obligan” al oficialismo a recurrir a la vieja receta del peronismo: atrasar el tipo de cambio o al menos no realizar una devaluación real y evitar cualquier tipo de corrección de precios relativos significativa que resulte lo suficientemente impopular como para tener un impacto negativo en las urnas (léase: no hacer correcciones demasiado ruidosas en lo referido a tarifas o dólar).

En ese escenario, donde además se le adiciona el punto de gasto adicional de la reparación histórica a los jubilados, el piso del déficit financiero neto de 2017 en términos del PIB alcanzaría la friolera del 7,5-8%.

Nota al pie: de más está aclarar lo que SIEMPRE – y SIN EXCEPCIÓN – terminó ocurriendo cuando el déficit se ubicó en esos niveles a lo largo de las últimas décadas. Ver gráfico abajo.

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Luego de ver el gráfico y entender las necesidades políticas de 2017, podemos concluir que la no corrección estipulada para 2017 obliga a revisar los pronósticos para el bienio 2018-2019, e incluso más allá.

Estimaciones de los analistas y del oficialismo: ¿realidad u optimismo adolescente?

El consenso de analistas espera un crecimiento del 2% con una inflación en torno al 20% para 2017, mientras que el oficialismo estima entre un avance de la economía del 3,5% con una inflación de entre el 12 y 17%.

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¿Realmente pensamos que, con un déficit financiero neto de alrededor de 8 puntos del PIB, un atraso cambiario formidable –a niveles de los 90s, que además se ha visto y se verá agravado por el efecto Trump sobre las monedas emergentes. Ver gráfico- y una presión tributaria top a nivel regional y récord en términos históricos, la inversión y/o el consumo van a traccionar a la economía durante los próximos años de forma tal que el impacto negativo de las correcciones en el nivel de actividad sea más que compensado?

Respuesta: opino que no, ni por asomo. Creo que el escenario más probable es un 2017 mediocre, y un 2018 bastante más negro que lo que se descuenta, con una inflación considerablemente por encima de la meta del BCRA estipulada para dicho período.

Los motivos principales: a) la corrección cambiaria de 2018 resultará sustancialmente más agresiva que la de 2017, al tiempo que b) muy probablemente tendrá lugar una cuasi-obligada actualización tarifaria, también de mayor envergadura por la desidia deliberada –tal vez hasta negligente- en 2017 en este departamento.

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Dado el contexto, queda claro que, dadas las necesidades políticas de reactivar el nivel de actividad con el objetivo de llegar de la mejor manera a los comicios, harán que muy probablemente 2017 sea un año muy permisivo desde lo macro, incluso aunque esto implique, no sólo un bienio 2018-2019 más duro, sino también una pérdida de reputación del equipo económico, porque sus pronósticos de 2016 sobre las variables macroeconómicas de dicho período difícilmente puedan cumplirse.

Por otra parte, para 2018-2019, la necesidad de financiamiento y el stock de deuda acumulado durante la gestión Macri -de al menos USD 70.000 millones para ese entonces-, todo en un escenario donde podría darse un crowding out en USA –suba de tasas por el aumento del gasto de Trump-, podría quebrar o al menos sembrar serias dudas sobre el esquema Ponzi de la deuda soberana local, lo cual podría erigirse como un serio factor de amenaza hacia el fin de la gestión macrista. Esto no es un dato trivial, dado que, de continuar la tendencia actual, el agotamiento del Ponzi para con nuestros acreedores de deuda soberana, podría ser el factor que termine por erigir al escenario actual como un revival de lo que nos ha ocurrido durante los 80s

Recordando algunos highlights de los 80s: estanflación, déficit financiero crónico por encima de los 5 puntos del PIB, implicando una dominancia fiscal que resultó en una monetización crónica del déficit por imposibilidad de financiar el fisco mediante colocación de deuda, fuga de capitales, reservas raquíticas, crisis energética etc, etc).

Con todo, en este escenario de estanflación, sesgado por las severas alertas de sostenibilidad fiscal y presión tributaria récord, los incentivos a invertir resultantes serán prácticamente nulos.

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O sea, más allá de algún chiquitaje estadístico, como el rebote ténico luego de un 2016 para el olvido o algún que otro driver positivo, como puede ser el impulso de la obra pública –que encima será apalancado con recursos no genuinos, o sea, con deuda o monetización– no habrá ninguna buena razón para dar vuelta los muy deprimidos animal spirits locales.

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Además, incluso con un consumo/inversión con ánimos de repuntar, no habría suficiente energía para producir y abastecer a las “nuevas” unidades económicas que producirían los nuevos bienes. O sea, no hay rebote sustentable posible sin un considerable salto en la generación y distribución de la energía, algo que difícilmente ocurra sin una corrección tarifaria previa de magnitud, lo cual, a su vez, es algo que muy probablemente no ocurrirá por, al menos, un par de años.

Como resultado, el combo de estanflación con presión tributaria asdasdrécord, la desprolijidad institucional de siempre, rigideces en la generación de energía y el fenomenal atraso cambiario actual, cualquier chance de rebote duradero queda virtualmente suprimida. Como consecuencia, el escenario más probable es una tasa de crecimiento punta a punta durante la década que no alcance siquiera a compensar el crecimiento demográfico, dejándonos en una situación de empobrecimiento tanto en términos per cápita absolutos como en términos relativos con respecto al resto de la región, y probablemente contra la mayor parte del globo.

Por otro lado, realmente es menester analizar desde una perspectiva histórica al escenario actual: NUNCA en la historia argentina reciente ningún mandatario pudo revertir una situación fiscal y tributaria como la actual, al menos no de forma sostenible. TODAS las experiencias similares –y esto es sin excepción- terminaron en una mega-crisis. 

O sea que, desde una perspectiva 100% empírica, basada en una inferencia construida con datos del pasado, el escenario base no sería de crecimiento, sino de mediocridad, que incluso no estaría exento de presentar riesgos de algo todavía peor.

Conclusión: en el mejor de los casos, el panorama hacia fines del ciclo macrista –2019 y un poco más allá- estará lejos de una situación de holgura en lo que respecta a salud macroeconómica. Con todo, dados los últimos 5 años de no crecimiento, las chances de cerrar una década perdida 2.0 (2012-2021), algo que hubiera sido una hipótesis más que descabellada hace sólo algunos años, cada vez se perfila como el escenario más probable.

Largo plazo: ¿regresividad del populismo = progresividad de la prudencia macroeconómica?

Por último, quiero hacer hincapié en la importancia de evitar los colapsos macroeconómicos. Si algo aprendimos durante nuestra historia reciente fue que los crash macroeconómicos generan las secuelas económico-sociales más dolorosas, y que a su vez, difícilmente se revierten de forma completa durante el rebote del ciclo económico subsiguiente. Este concepto, en términos formales se conoce como “histéresis”. O sea, a pesar de la recuperación tras la crisis, el pueblo sufre y no todos logran recuperar el terreno perdido.

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Habiendo dicho esto, y mirando el gráfico de “Distribución del ingreso” se pueden advertir al menos dos fenómenos:

a) por un lado, la evidencia empírica revela que los episodios más regresivos de la historia argentina han tenido origen en las mega crisis; crisis que a su vez tuvieron un notorio denominador común: un componente de grave desorden fiscal de fondo –sin excepción, ver primer gráfico del artículo-.
b) Además de esto, también se advierte lo mucho que le cuesta a la economía volver a la situación anterior, o sea, efectivamente hay histéresis. De hecho, luego de la crisis del “Rodrigazo” -mediados de los 70s-, la economía argentina se ha vuelto crónicamente más desigual, o sea, nunca volvimos a una igualdad como la experimentada antes de dicho lamentable episodio.

Con respecto a los últimos años, durante el último lustro la desigualdad ha ido en aumento, principalmente por la combinación del estancamiento económico –y del empleo-, todo en un contexto regresivamente inflacionario. Por otra parte, dadas las perspectivas para los próximos cinco años, es muy probable la economía local siga empeorando en este apartado, sobre todo si efectivamente la gestión actual no logra torcer la incómoda coyuntura actual, caracterizada por un empobrecimiento a cuenta-gotas.

Por ello, luego de haber revisado la  dinámica de la distribución del ingreso durante las últimas décadas y sus posibles causantes -aunque parezca contra-intuitivo- postulo el siguiente hecho estilizado: si efectivamente los episodios más regresivos de la historia han sido las mega crisis, que se gestaron pura y exclusivamente por la ejecución de políticas insosteniblemente populistas, entonces es cierto que la prudencia macroeconómica -que incluye prudencia fiscal- en el largo plazo termina siendo una política relativamente más progresista, porque no hay nada que dañe más al trabajador de a pie que los colapsos económicos que tienen lugar cuando se agotan los modelos populistas.

Hacia adelante, el desafío sería lograr ser lo suficientemente sabios como para, al menos, no esperar resultados distintos haciendo siempre lo mismo.

Juan I. Fernández es Economista Jefe de Oikos Buenos Aires. Licenciado en Economía (Universidad de Buenos Aires) y Mágister en Finanzas (Universidad Torcuato Di Tella)